SERGIO FARRAS: Coronavirus: La luz al final del túnel

Pasan los días tan lentamente que parece no pasan. Se resquebraja la noche en enésimas estrellas que esperan ansiosas, duras como las escayolas para que en breve tiempo se ablanden como galletas de mantequilla, de volver a cruzarme una vez más, como era costumbre cuándo las miradas humanas se cruzaban antes de esta pandemia; unas eran cómplices y otras coautoras de una convivencia más o menos corriente. No hay felicidad sin libertad, ni momento de luz que ilumine la oscuridad sin la virtud de las pequeñas alegrías del día a día, de cuando socializamos como criaturas empáticas y cuando no nos apartamos de la gran felicidad. Pero sin la virtud de ser conscientes de nuestra responsabilidad, este confinamiento está poniendo a prueba nuestro factor humano más solidario.

Me cuesta ya contar y  hasta de llevar bien las cuentas emocionales y afectivas de mi ser, de los días que pasan lentos como las manecillas de un reloj a la vista. Pero creo que estoy escribiendo estas palabras desde lo más hondo de mí esencia y con el sentido común comprensible, ante esta pandemia que nos ha recortado nuestras ilusiones y nuestros sanos planes de vida. Durante el enésimo día de cuarenta confinada al cerrojo del tiempo y el espacio que me está sometido a esa distorsión y enmascaramiento de cumplir con el deber del buen ciudadano, pero  que ello  genera la ansiedad  de recuperar la libertad  natural que la vida nos da por ser acto tan innato como espontaneo.

Anhelamos nuestra normal vida donde casi éramos felices ¡Casi, no del todo!, tampoco  nos engañemos en demasía. Pero estos días las sensaciones y las emociones se han endurecido más que ablandarse, por el sobrellevar del impacto emocional que repercute en nuestros días que son diferentes. Las horas no parecen desplegarse y llenarse de experiencias, sino más bien al contrario: se contraen, se vuelven bacterianas y microscópicas, se enroscan como un sueño de fiebre o un pensamiento casi neurótico. Este cambio drástico en nuestras vidas provocado por el coronavirus se vive de manera diferente conforme avanzan los días perennes. La mayoría de los  ciudadanos nos hemos comportado como auténticos y épicos responsables de nuestra salud y la de los demás, y hemos cumplido con el largo viaje de la acción que lleva  a la reflexión más sensata.

Profundos cambios sociales nos dejará una huella de un cambio que se va a construir poco a poco como un nuevo orden mundial, una manera diferente de vivir en este mundo, donde muchas cosas mutarán como colores cromáticos o de grises matices. ¡Esto ya se verá! De momento, afinados estamos en  un distanciamiento de obligado cumplimiento,  de apremio obligado y con un trance casi hipnótico de estado de alarma. La desescalada del confinamiento nos ilusiona vagamente, donde se dejan atrás con mucha tristeza otras almas que no pudieron quedarse entre nosotros por el maldito virus. Vulnerables nos sentimos porque no estábamos preparados para tales abrumadoras tesituras ni de vanas plagas como esta que nos concierne y que detienen el tiempo de nuestras normales vidas. Nuestros hábitos y nuestros vicios, nuestras verdades y nuestras vanidades se han visto estancadas ya más de cincuenta días, y todo esta circunstancia nos pasa factura con un tanto de desaliento,  porque cuando no nos da el sol es cuando podemos  elegir, y lo contrario nos puede desmoralizar como una carta que no llega a un amigo, porque late y palpita con furia dentro de nosotros el  instinto gregario del ser socializado. Pues es en las dificultades en donde de verdad se mide el factor humano, aunque ya llevemos muchos días y muchas noches entregados a la mirada y el silencio en proporción con lo que estábamos acostumbrados en degustar. Y lo que deseamos es sentirnos retribuidos  al recibir una luz puntual desde la perspectiva adecuada, que por naturaleza sería compartir sudores, alientos, excelente conversaciones, murmuraciones varias y conversaciones cómplices, todo ello anillado como amantes de la vida que fluye y circula libre como un manantial,  pero que estos días resistimos con este fecundo  sacrificio que es esta clausura por el maldito coronavirus. Todo esto está medio bien calibrado para evitar males mayores, donde luego un “craso” error en estos momentos sería ya tarde y estéril como el arrepentimiento del tullido.

A nivel familia, ocio, amigos y cultura, nos ha llevado a la ruptura de nuestra filosofía y manera de entender la vida, donde debemos de encajar estoicamente hasta que se normalice la situación para poder seguir con la normal existencia que antes llevábamos; mejor o peor, pero era nuestra y de nadie más. En la parte más perniciosa siempre hay algunas criaturas ansiosas e insolidarias que desean esquivar este confinamiento, que es un pequeño sacrificio por un bien mayor, pero es muy poco deportivo romper el confinamiento por egoístas y ruines intereses individuales como una condición poco filantrópica.

Igual un futuro imperfecto y confundidor nos espera, un nuevo orden mundial donde se perciben cambios aparentes, igual caminando hacia una sociedad “post pandemia” más solidaria y una refundación de la política. ¡Todo se andará! Lo que sí es cierto como una verdad de esperanza es que los cambios de nuestra vida diaria podrían mutar, las hay pesimistas y las hay más esperanzadoras, pero un cambio en nuestro modelo social y económico se prevé tangible y a corto plazo. Pues la metamorfosis acelerada que nos ha impuesto este virus se aprovechará para cambiar de repente algunas costumbres. Quizás no seamos muy conscientes de ello todavía, pero lo que ocurrirá a nivel global en el mundo nos afectará a todas nuestras actividades; tanto lúdicas como de tareas y condiciones: como el teletrabajo, la magnificación de las compras por internet, la inteligencia artificial, la manera de relacionarnos y, como no; será urgentemente necesario generar mucho empleo para sostener unos tiempos que de momento se presentan de ambigua condición. En la parte positiva ya se habla de una desescalada coordinada y cabal, cosa que anima y da sustancia reconstituyente del alma,  que alimenta nuestro anhelo de criaturas emotivas donde ya podemos vislumbrar la luz al final del túnel. Sobre los políticos y la política tiempo habrá de pedir responsabilidades si las hubiese, o que las urnas dispongan como deben de tratarse las emociones contradictorias de cada cual en una democracia legítima como una forma de convivencia social libre y exenta normalmente de prohibiciones.

Un solo y único camino está siendo esta disposición de la confinación: ¡Quedarse en casa! Porque aparte de las redes sociales y las ya conocidísimas aplicaciones instagram, facebook, whatsApp, etc. No hay mucho más contacto que el que nos permite  y nos transige para una relación y vínculo virtual, como algo “irreal” dentro de la realidad, pudiendo estar en contacto como un holograma multicolor engañando a nuestra mente libre y de pensamientos independientes. Estas aparentes y artificiales tecnológicas,  que a veces parecen de corte “pseudo” humanas, nos han permitido factiblemente que desde nuestros domicilios  podamos haber sido presentes con nuestros seres más estimados., inundando de luz del plasma de la pantalla de nuestros ordenadores para alumbrar la habitación con nuestras computadoras frías, que es lo más cercano al calor humano que hemos tenido más a mano. Las redes sociales se llenaron también de repente de iniciativas y proyectos, algunos solidarios como bálsamos que curan para conseguir metas o intereses comunes. Ese es el lado amable de nuestras sociedades. Sin embargo, otros han sido más dignos de la vileza y de la más canalla estafa, vendiendo por ejemplo mascarillas al precio que cotiza una micra de oro como ruines mercaderes que han aparecido por el siempre vicio de la codicia. Y aunque todo ello haya resquebrajado los normales hábitos de una sociedad determinada y socializada como es la nuestra, seguimos hacia adelante con la ilusión puesta en un futuro que ha de venir con nuevos horizontes, e igual, hasta con la oportunidad de cambiarlo por uno mejor. De momento la intencionalidad se encuentra en estado de gracia en su mayoría, que parece ser que a buen puerto se dirige, para al final soltar amarras de nuestro confinamiento tan impuesto como necesario pero sin dejar de pensar a qué puerto nos dirigimos social y económicamente.

Y aunque normalmente nosotros criaturas de normal condición, no entendamos mucho de virus y otros parásitos cachondos y rebeldes como este coronavirus que nos ha puesto en un jaque y alerta que parecía excesivamente letal, tampoco hemos perdido el control total de nuestros instintos primarios, siendo la mayoría conscientes de quedarnos en casa por un bien mayor,  aunque fuese de compleja virtud en la metáfora de una existencia humana y social legando a la sabia conclusión de que vale la pena continuar sanos y briosos, seguir hacia adelante sin más dilaciones de no habernos dado por vencidos, ni tampoco haber sido criaturas de derrota en la parábola de nuestra existencia. Porque la vida no se ha hecho para comprenderla de un modo científico, sino para vivirla de una manera hedonista y placentera. Sigamos pues viviendo la vida de colores y aceptando el reto de que la naturaleza siempre tendrá el control de nuestras almas indulgentes. ¡Pero ojo! La falta de unidad entre países después de esta pandemia puede llevarnos a un catastrófico escenario económico y social como un impulso misterioso y meramente decorativo como una cenefa. No perdamos la perspectiva.

Sergio FARRAS
Escritor tremendista

 


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