SERGIO FARRAS: ¡Quédate en casa!

Reina hoy en mis pensamientos y en medio del desaliento, el día en que hace más una semana se detuvieron todos los relojes de nuestra monotonía del día a día. El triste, y a la vez peleón vírico COV19, entro en nuestras vidas como una daga que se nos clavó en nuestra salud y en nuestras normales  vidas, mutando nuestros hábitos naturales de vida y de ser. Un virus que nos ha confinado en nuestras casas como el desnudo cuerpo, en una prueba de fuego humana y de medios de los que no hay precedentes, es todo como un paréntesis que detiene nuestras normales vidas, siendo esa la principal consecuencia del estado de alarma.

Para vencer a este microorganismo, que tiene el mismo olor neutro y  aséptico que  una incertidumbre,  cabe aplicar el sentido común y cumplir con las normas establecidas por nuestros gestores políticos y de los que de verdad entienden. No cabe aquí la especulación, ni tampoco  atribuirse poderes que no nos competen, realizando imprudencias mundanas y egoístas como salir a la vía pública sin fundamento alguno, poniendo en peligro real nuestra salud y la de los demás.

Las agujas del cronos de la normalidad entendida como un tiempo de vida  se detuvo con la misma tristeza como con la cabal prudencia de la criatura sensata y prudente, de la mayoría del personal que nos estamos comportando como seres civilizados, haciendo nuestras vidas y nuestros trabajos – en la medida de lo posible-, desde nuestros domicilios.

En estos días también se ven y perciben las virtudes y las miserias del ser humano: peleas en redes sociales, descalificaciones personales sin sentido las veces, y también de odios innecesarios que se expulsan como demonios que de nada tienen que ver igual con esta pandemia. Muy recomendable sería la unión y la esperanza de todos y de todas, indiferentemente de nuestras creencia políticas y maneras de entender la vida, cuando son momentos y circunstancias delicadas de echar mano al sentido común y a la solidaridad  más empática.

Igual ahora no es el momento de pedir responsabilidades, ni políticas ni tampoco sociales. Es momento lúcido y de recogimiento para quedarnos en casa, y salir solo para los menesteres más necesarios e imprescindibles. Es momento para cuidar de nuestros mayores, de los más débiles y de los más necesitados. ¡Es tiempo de solidaridad!

Salir a los balcones para demandar o reprochar cuando cae el cielo por la tarde es sinónimo de libertad, ya sea para agradecer y corresponder, o armados cacerola “protestona” en mano, dando palmadas de agradecimiento o queja objetiva. Todo sirve si es de constructiva condición y para cumplir el protocolo de mantener y de cómo actuar para evitar la transmisión de esta lúgubre enfermedad que no respeta ni mares, ni océanos, ni montañas, ni fronteras.

Es quizás el viento el único sonido que oigamos durante muchos días, o tal vez la caricia mil veces sincera de nuestros familiares con los que estamos “confinados”. Tal vez cabria destacar una ingrata huella que dejan los insociables que no se ha de pisar, los que no cumplen las normas, que no se quedan en casa y que inconscientemente pueden ayudar a este coronavirus a propagarse como una maldita profecía. ¿A qué sabe sentirse solo? Pues te pones tu mejor sonrisa y sigues hacia adelante, luchas y peleas, aprendiendo a sentir la soledad en la hosca y arisca compañía.

Derramados por el gran cautivo en eso somos mayoría, pues tal sacrificio racional es lo que nos llevará otra vez a la libertad de la fresca brisa. Los que no respetan este estado de alarma y cuarentena, se trasfiguran y se  muestran como anti sociales criaturas, levantado una polvareda innecesaria y sobrante, más de intereses personales y egoístas que de altruistas contribuciones para ayudar a combatir esta pandemia, resbalando ante su ignorancia y grosera provocación que no sirve para nada, sino solo para demostrar su propia y egoísta necesidad pasando por encima de la de los demás. Un suave murmullo de agónicos remedios suspira vehemente clamando nuestra responsabilidad. ¡Tú puedes con esta renuncia circunstancial!

Igual, a veces, hemos de detenernos un tiempo, para volver a ser humanos otra vez igual debemos aprovechar esta cuarentena como una “resiliencia” mental y de la adecuada adaptación psicosocial. Hacer un “reset” de nuestras conciencias, de limpiar el sonámbulo pensamiento y, sobro todo; recapitular que somos vulnerables cuando estamos al filo del cuchillo. Pero sin duda está en nuestras manos y conciencias luchar y de desposarse de nuestros egoísmos y avaricias triviales sin fiarse de los azares del destino, ¡aun no lo sé! Pero a buen seguro nos amarraremos en el puerto de la prudencia y de la lógica para acabar saliendo más fuertes y mejores para cuando todo esto pase. Pues como decía Tito Livio, Historiador romano: “Sólo sentimos los males públicos cuando afectan a nuestros intereses particulares”.

Sergio FARRAS
Escritor tremendista

 


2 comments

  • María Teresa Bravo Bañón

    23 Març, 2020 at 8:58 pm

    Un lúcido texto muy poético en donde solo la esperanza quedará una vez abierta esta Caja de Pandora.

    María Tersa Bravo

    Reply

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