El 23-F, un día para no olvidar jamás

Corrían las 18:23 h, era una tarde aparentemente tranquila en Madrid, cuando de repente, el teniente coronel de la Guardia Civil, Antonio Tejero, irrumpía en el Congreso de los Diputados junto con otros 200 compañeros de armas. “¡Quieto todo el mundo!”, gritó Tejero, quien fue considerado el cabecilla de la operación. Acto seguido, el vicepresidente del gobierno y teniente general del Ejército de Tierra, Gutiérrez Mellado, se levantaba de su escaño para pedirle explicaciones al que era su subordinado en rango. Un forcejeo… y ¡PAM! ¡PAM!

Así se recuerda uno de los mayores acontecimientos de nuestro país en la actual democracia. Una imagen que millones de españoles que lo vieron, y tantos otros que lo conocieron después, jamás olvidarán. Pongámonos en contexto, era el 23 de febrero de 1981. España llevaba apenas unos años en democracia. Tras la muerte del Generalísimo, Francisco Franco (1975), todo un seguido de proposiciones se sucedieron en lo que hoy llamamos ‘la transición’.

En primer lugar, el Rey Juan Carlos fue nombrado sucesor de Franco y, por ende, el encargado de velar por la redacción de una nueva constitución y su consiguiente sistema democrático. Así fue como en 1978 se aprobó – mediante referéndum – dicho listado de leyes fundamentales del país.

Por lo tanto, España aún vivía una época de cambios e inestabilidad política. El primer gobierno que hubo tras la muerte del dictador fue el de Unión de Centro Democrático (UCD) en 1977, presidido por la figura de Adolfo Suárez. No obstante, el presidente dimitiría en 1981 en favor de Leopoldo Calvo-Sotelo, compañero suyo en UCD.

Adolfo Suárez

Es entonces, en ese 23 de febrero de 1981, aprovechando la toma de poder de Calvo-Sotelo, cuando se vivió el intento de golpe de Estado. Tras los disparos de Tejero y su séquito, se condujo a una sala aparte a Suárez, Gutiérrez Mellado, al líder de la oposición, Felipe González; al secretario general del partido comunista, Santiago Carrillo; al vicesecretario general del PSOE, Alfonso Guerra; y al ministro de Defensa y presidente de la UCD, Agustín Rodríguez. “¡Cállese que usted ya no es presidente de nada!”, le espetó Tejero a Suárez cuando este le exigió rendirse.

En esos mismos instantes, 40 tanques y 1.800 hombres tomaban las calles de Valencia bajo las órdenes del general Jaime Milans del Bosch. El resto de fuerzas del ejército no se sublevaron. De hecho, muchas de ellas apoyaban al Rey y a la constitución, mientras que otras estaban a la espera de los acontecimientos. Se podría decir que se intentó, pero fracasó.

Según la versión oficial, el Rey Juan Carlos estuvo realizando llamadas toda la tarde y noche para convencer a los agentes más importantes del suceso de que la mejor opción era una democracia plena. Los motivos por los cuales la acción del monarca fue tan decisiva puede deberse a muchos motivos, pero principalmente a uno: él fue elegido sucesor de Franco mediante la Ley de sucesión a la jefatura del Estado. De modo que se le podía considerar el nuevo guía, como en su momento lo fue el dictador para tantos españoles.

Al caer la noche, se le permitió salir a algunos parlamentarios. Sobre la 1:00, Milans recibía una llamada de Juan Carlos exigiéndole su rendición incondicional. Así fue. A las 10:00 de la mañana del día siguiente, Tejero y sus 200 hombres ya sabían que el golpe no triunfaría. Era el momento de negociar. El sublevado consiguió que no se juzgase a los golpistas de rango teniente o inferior, además de que su salida del hemiciclo sería sin periodistas. Es lo que se conoce como el pacto del capó, pues este se firmó encima de un Land Rover. Sobre las 12 del mediodía, todo había vuelto a la normalidad en el Congreso, pero jamás volvería a ser lo mismo en España.

General Armada

La mayoría de altos cargos del golpe fueron condenados a 30 años de cárcel, entre ellos Tejero, Milans de Bosch y el general Armada, quien debía ser el vicepresidente del nuevo gobierno y supuesto cerebro de la operación. Todos ellos fueron puestos en libertad condicional en los años 90, aunque Armada fue indultado en 1988. De hecho, la justicia le condenó a 6 años de cárcel, pero la fiscalía recurrió al ser un castigo exageradamente benévolo. De modo que el supremo le terminó aplicando 30 años, de los cuales solamente cumplió 5.

Desde aquel día, la figura del Rey se revalorizó entre todos los españoles. Algunos creen que fue un golpe premeditado por el mismo monarca para aumentar su popularidad ante la indecisión de establecer una monarquía parlamentaria o una república. Una cosa está clara, aquel día histórico será recordado durante décadas y siglos como un punto de inflexión entre la dictadura franquista y la nueva etapa democrática. Testigo de ello son los huecos de bala que – todavía hoy – lucen en el techo del Congreso.

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